Un día recibí un mensaje, era Carlos que traía una idea entre manos; estaba empezando un poemario, pero con una premisa: que los poemas resultantes de este ejercicio sólo tuvieran el texto mínimo para no perder su esencia poética. Lo primero que se me vino a la mente fueron los poemínimos de Efraín Huerta, esos poemas aforísticos (¿o aforismos poéticos?) que leí cuando era un estudiante universitario que se entusiasmó con la lectura. Pero el ejercicio que Carlos se proponía iniciaba con un poema con características “convencionales” y luego “podarlo”, eliminando las palabras que resultan prescindibles para el poema y que este se sostuviera en lo esencial: que siguiera proyectando la emoción que les dio origen sin perder el lenguaje poético. Una especie de escritura del borrado para lograr un minimalismo en la forma. “Be my guest, Charlie”, fue mi respuesta; porque si bien en mis veintes era un entusiasta de experimentar con la escritura, ya en los cuarentas soy, en el mejor de los ...